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viernes, 23 de enero de 2026

La Comisión de Hacienda no es decorativa


La Comisión de Hacienda en un municipio no es un simple trámite administrativo ni una comisión de adorno dentro del cabildo. Es el espacio donde se analizan, discuten y dictaminan decisiones que impactan directamente en la vida de la ciudadanía, como el presupuesto, el gasto público, los ingresos municipales, los recursos propios y las prioridades de gobierno.

Especialistas en temas municipales advierten que cuando un regidor no entiende cómo funciona esta comisión, difícilmente puede afirmar que representa de manera adecuada los intereses de la sociedad. Votar sin comprender los temas o guardar silencio por comodidad también es una forma de decidir, y esa práctica debilita la confianza ciudadana.

El papel del regidor no es menor. Sus decisiones influyen en el rumbo del municipio y en las reglas internas que lo rigen, a través de reglamentos y acuerdos. En la Comisión de Hacienda se define qué se gasta, cómo se gasta y en qué se gasta el dinero público, por lo que cada voto tiene efectos reales.

Por ello, es fundamental que los integrantes del cabildo razonen su voto. Si un regidor vota en contra, debe explicar las razones; si vota a favor, también debe justificar su postura; y si se abstiene, debe dejar constancia del motivo. Este ejercicio fortalece la transparencia y permite que la ciudadanía conozca el criterio detrás de cada decisión.

Levantar la mano sin análisis, esconderse detrás de la mayoría o evadir responsabilidades no es una postura neutral. Cada voto cuenta y cada tema amerita un análisis profundo y responsable, especialmente cuando se trata del manejo de recursos públicos.

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miércoles, 30 de julio de 2025

El telón cae, pero la escena resiste


Por Angélica Cristiani / Opinión

Xalapa amaneció sin música y sin teatro. Sin la respiración sostenida de un saxofón en la madrugada, sin la palabra justa que atraviesa el pecho desde un escenario. Se fueron dos titanes —Francisco Beverido y Rodolfo “Popo” Sánchez— el mismo día, como si hubieran pactado su retirada en algún café del más allá, con la puntualidad ceremonial de los que saben que el arte, como la vida, es un acto irrepetible.
El primero, sembrador de cuerpos en escena, de ideas que caminaban en voz alta por los pasillos del teatro. El segundo, tejedor de sonidos que mezclaban el alma del jazz con las raíces profundas de México. Uno hacía que el silencio hablara. El otro hacía que hasta el viento se afinara. Se fueron, sí. Pero su partida no es ausencia, sino una resonancia que sigue temblando en los muros de esta ciudad, esa que alguna vez fue llamada la Atenas veracruzana.
A Paco lo conocí sin saber que lo conocía. Era una figura en la penumbra, un nombre que aparecía en los créditos de una obra que me salvó la adolescencia. Entré a Candilejas buscando un monólogo y encontré refugio. Después supe que ese espacio no era un edificio: era un gesto suyo. Un gesto de los que no buscan reflectores, sino almas a las que prenderles una luz.
A Popo lo escuché en plazas, en conciertos, en discos, y siempre me pareció que no tocaba el saxofón: lo respiraba. Como si su aliento estuviera hecho de notas. Como si cada compás fuera una manera de decirnos que el dolor también puede bailarse, que el jazz no es sólo música, sino una forma de resistir el olvido. “Tengo el ombligo dividido entre Michoacán y Xalapa”, decía, como quien lleva su patria partida, pero plena.
Ambos eran fuego lento, contrarios al vértigo de estos tiempos. Eran los maestros que no se jactan, los artistas que no venden humo, los sabios que caminan despacio porque cargan historia en cada paso. Hoy se nos van cuando más falta hacen. Porque el arte se está volviendo evento, y la cultura, trámite. Porque en los escenarios donde ellos sembraron memoria, hoy hay presupuesto para el ruido, pero no para el alma.
Y sin embargo, no todo está perdido. Porque hay quienes fuimos tocados por ellos. Porque hay jóvenes que entran a un teatro y se salvan. Porque hay un saxofón que sigue sonando en alguna terraza de la UV, y hay textos de Paco que aún laten entre las páginas de Tramoya. Porque hay archivos, placas, homenajes… sí. Pero sobre todo hay historias vivas. Y esas, nadie las archiva.
Nos toca a nosotros, sí. Pero también nos toca exigir que desde el poder se comprenda que la cultura no se administra: se cuida, se riega, se acompaña. No necesitamos más funcionarios con títulos falsos o discursos huecos. Necesitamos más Bravo Garzones: ese rector que en 1979, mientras otros se ocupaban de números y protocolos, fundó La Caja, ese pequeño recinto que transformó a tantos locos en artistas, y a tantos artistas en mejores seres humanos.
La sensibilidad de Bravo Garzón no cabría en un discurso maquillado ni se mide por sueldos desproporcionados. Cabía en las decisiones valientes, en abrir espacio donde nadie veía necesidad, en saber que el arte no es decorado: es médula.
¿Quién cuidará ahora lo que sembraron? ¿Quién pondrá a andar el jazz con nombre de bolero? ¿Quién velará por la continuidad de esos espacios que fueron hogar antes que institución? El arte no muere con sus creadores. Muere cuando dejamos de creer que es necesario. Y eso —eso— no lo vamos a permitir.
Hoy, Xalapa no está de luto. Está en pie. Con el pecho apretado, sí, pero también con el corazón encendido. Porque cuando mueren los grandes, no se apaga la escena: se ensancha el escenario. Porque ahora nos toca a nosotros sostener el telón.
Gracias, Paco. Gracias, Popo.
Gracias por mostrar que el arte no es un lujo, es un modo de estar en el mundo con dignidad.
Gracias por enseñarnos que la belleza también puede ser trinchera.
Y que cuando todo se derrumba, aún nos queda la música… y la palabra.
Que la tierra les sea leve. Que la memoria nos sea fértil. Que la historia no olvide a quienes nos enseñaron a crear futuro desde el presente.
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La Llamada Nueva Reforma Electoral: ¿Un Avance o un Retroceso?


Por Miguel Ángel Cristiani González / Opinión

La reforma electoral que se discute actualmente ha despertado un aluvión de opiniones. Desde el gobierno se la presenta como un gran avance hacia la democratización del país. Sin embargo, muchos críticos la ven como un retroceso peligroso. ¿Qué hay detrás de esta polémica?

Primero, hablemos de las diputaciones plurinominales. Estas han sido un pilar en la estructura electoral mexicana. Se crearon para garantizar que las voces de grupos minoritarios tuvieran representación en el Congreso. Sin embargo, la propuesta de eliminar estas diputaciones ha encontrado eco en quienes argumentan que son un foco de corrupción y clientelismo. La idea es sencilla: si se eliminan, se simplifica el sistema y se reduce la corrupción. Pero, ¿realmente es así de fácil?

El problema es que simplificar no siempre significa mejorar. La eliminación de las plurinominales podría llevar a un sistema más polarizado. Los partidos grandes tendrían aún más control, dejando a los nuevos partidos y a las voces disidentes en la penumbra. Aunque en la realidad ya sucede así, hacer que el Congreso sea un reflejo de solo un par de ideologías podría ser un grave error.

Además, hay que recordar que la democracia no es solo elegir a quienes nos gustan. Es garantizar que todas las voces sean escuchadas. La historia ha demostrado que cuando se silencia a las minorías, se corre el riesgo de caer en regímenes autoritarios. Y no, no estamos hablando de teorías conspirativas; es una lección de la historia.

La propuesta también incluye ajustes en el financiamiento de los partidos políticos. Se busca que haya un control más estricto sobre los recursos que reciben. Esto, en teoría, es positivo. Pero permítanme hacer una pausa. ¿Realmente confiamos en que el Estado hará un mejor trabajo al regular el financiamiento político? En un país con un sistema judicial frágil y donde la corrupción parece ser parte del tejido social, la pregunta queda en el aire.

Y no nos olvidemos de la participación ciudadana. La reforma también plantea cambios en la manera en que se convocan las elecciones y se cuentan los votos. La idea es modernizar el proceso, pero hay quienes sienten que esto podría generar aún más desconfianza en el sistema. Si la ciudadanía no siente que sus votos cuentan, la apatía se apoderará de las elecciones, y eso no es lo que queremos.

Un aspecto que merece atención es la falta de un debate amplio y plural. La reforma se está discutiendo en un ambiente de polarización política. En lugar de buscar consensos, parece que se buscan más divisiones. La ciudadanía merece un espacio donde se debatan estas propuestas de manera abierta y con respeto. Sin embargo, el ambiente actual parece más propicio para ataques que para el diálogo.

La llamada reforma electoral es un tema complejo y lleno de matices. Mientras algunos la ven como un paso hacia adelante, otros la consideran un retroceso. Lo cierto es que cualquier cambio en este ámbito debe hacerse con cuidado. La democracia es un bien frágil que, una vez roto, es difícil de recuperar. La participación activa de la ciudadanía y un debate sincero son esenciales para asegurar que cualquier reforma realmente beneficie a la sociedad en su conjunto. Así que, mientras seguimos discutiendo, recordemos: la democracia no es solo un acto de votar, es un compromiso diario con la justicia y la inclusión.
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