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jueves, 9 de enero de 2025

El exorcismo de Emily Rose


La historia real detrás de la película, el nombre verdadero de "EMILY ROSE" en realidad es Anneliese Michel, nació en Alemania el 21 de septiembre de 1952, Anneliese fue una joven normal de su época, era alemana y católica, sin embargo su historia se cuenta con letras escritas en sangre y odio cuando en 1975 fue sometida a varios exorcismos, falleciendo después.

Según narran, tanto Anneliese como sus familiares decidieron negarse a continuar con el tratamiento médico y psiquiátrico que le había sido recetado por su doctor, lo más extraño comenzó a suceder en los años posteriores, cuando Anneliese Michel se volvió intolerante ante todo tipo de objetos religiosos y empezó a oír voces. Su condición empeoró a pesar de la medicación e intentó suicidarse varias veces. En aquel momento Anneliese no era ya una adolescente sino una joven que caminaba hacia los veinte años.

Según narran los documentos y fuentes de la época, la chica empezó a ver imágenes diabólicas durante los rezos diarios que su madre la obligaba a realizar, a pesar de su enfermedad. Pronto a las imágenes diabólicas se sumaron las voces que la susurraban y la atormentaban diciéndole que iba a “arder en el infierno”.

Ella mencionó los “demonios” a los médicos solo una vez, explicándoles que habían comenzado a darle ordenes. Los doctores parecían incapaces de ayudarla, y Anneliese estaba cada vez en peor estado.

Anneliese empeoraba cada día, en el año 1973 la joven ya se había destrozado las rodillas en ataques de genuflexión compulsiva (de más de 600 veces al día). Anneliese olía de una manera extraña y se escondía debajo de la mesas, ladraba como un perro y según cuentan comía arañas, carbón, lamía su propia orina del suelo y podían oírse sus gritos a través de la pared durante horas. Fue en ese momento cuando sus padres, devotos católicos, Josef y Anna decidieron que su caso iba más allá de la medicina y que su hija estaba poseída por el diablo o por algún tipo de espíritu maligno, por ello llamaron a un cura católico para practicarle un exorcismo, siendo rechazados inicialmente.

En 1975 el Obispo Josef Stangl, le ordenó al Padre Arnold Renz y al Pastor Ernst a practicar un “gran exorcismo” a Anneliese. La base para este ritual era el “Rituale Romanum” tras muchas reflexiones, dos curas obtuvieron permiso del obispo local y aplicaron los ritos de un brutal exorcismo. Sólo desde septiembre de 1975 hasta julio de 1976 se le practicaron a Anneliese Michel una o dos sesiones de exorcismo por semana, los ataques de la joven eran tan fuertes que debía ser sostenida por tres hombres y ser encadenada.

Días antes de su muerte, Anneliese no comía porque creía que si se deshacía de ella misma arrancaría de su cuerpo la influencia de Satanás. En el momento de su muerte tan solo pesaba 30 kilos.

Tras su muerte sus padres fueron juzgados como posibles culpables de una muerte por desnutrición y asesinato de su hija, ya que según la autopsia que se realizó el 1 de julio de 1976, Anneliese Michel sucumbió a los efectos de la deshidratación y la desnutrición. En el momento de su muerte, sufría también neumonía y fiebre.

viernes, 31 de julio de 2020

Los fantasmas de Los Berros (Xalapa)

Esta leyenda cuenta sobre dos fantasmas se aparecen en las noches nubladas y lluviosas en el parque de Los Berros, y dice así:
Ocurrió hace mucho tiempo que unos vecinos decidieron construir una capilla cerca del parque, con el fin de tener un sacerdote que los auxiliara religiosamente. Así, empezó a erigirse la ansiada capilla, y cuando estuvo terminada, los habitantes buscaron un párroco para que se encargara de atenderla.
Nunca se supo la causa por la que ningún cura quiso hacerse cargo de la capilla. Pasados varios meses, llegó un joven sacerdote, recién salido del seminario que ocupó el curato.
Entre los nuevos feligreses de la iglesia, había una niña como de doce años, quien se distinguía por su candorosa belleza. El religioso sintió simpatía y atracción por ella desde que la vio. Con el paso del tiempo ésta se convirtió para él en una obsesión y en un amor prohibido y desesperado.
Cuando la jovencita cumplió diecisiete años y su belleza se había acentuado aún más, se enamoró de un joven que acababa de llegar de la Vieja España, el cual también estaba muy enamorado de ella. Después de un breve noviazgo, decidieron casarse.
Carmen, que así se llamaba la muchacha, le dio la noticia a su confesor. Indignado, el cura y, sobre todo, cegado por los celos, intentó convencerla de que no realizara ese matrimonio, asegurándole que su novio era un aventurero y caza fortunas. Ella no le hizo caso al sacerdote, y los preparativos de la boda continuaron.
La tarde anterior a la ceremonia, Carmen fue a la parroquia para confesarse. El clérigo la recibió malhumorado, ya que al siguiente día tenía que oficiar la misa del casamiento. Su ira fue creciendo mientras Carmen en su devoción cumplía el rito de la confesión.
El hombre no se pudo contener y se abalanzó sobre ella con la finalidad de besarla. Después de una feroz lucha, él pudo dominarla y cometió el deplorable acto de la violación.
En esos momentos, cayó sobre Xalapa una terrible tormenta que, entre fuertes huracanadas, truenos y rayos, amenazaba con inundar la ciudad. El abominable acto concluyó con el asesinato de Carmen y el suicidio del cura en Los Berros.

El Callejón de la Calavera (Xalapa)

Cerca del Parque de Los Berros hay un callejón empedrado que los xalapeños llaman de La Calavera. Cuentan que allí vivía un matrimonio que se llevaba muy mal por el alcoholismo del marido.
Una noche, éste llegó como siempre borracho a su casa, donde lo esperaba enfurecida su mujer por ciertos rumores sobre su infidelidad. Cuando el esposo le pidió de cenar, ella lo atendió de mala gana y le dijo que mejor se fuera a dormir; incluso, salió a comprarle una botella de licor para que el hombre bebiera más y se durmiera pronto.
Al dar los primeros ronquidos, loca de celos, la mujer se fue al patio a buscar un hacha, regresando con la obsesión de cortarle la cabeza; efectivamente así lo hizo, quedando las cobijas tintas en sangre. Pensó:
-"Ya pasaste de tus 'sueñitos' al sueño eterno."
Con frialdad, envolvió la cabeza en una manta y la guardó en un tenate con cal; después metió el canasto debajo de la cama, enterrando el cuerpo en medio de la pieza.
Como los vecinos no veían a la pareja, avisaron al propietario del patio que nadie salía del cuarto. Por lo tanto, dieron cuenta a la policía, quien después de una minuciosa revisión, encontró el tenate con el cráneo y el cuerpo sepultado, pero ya en estado de descomposición.
Este crimen motivó para que se conociera la calzada como Callejón de la Calavera.

La calle de la Quemada (Córdoba)

Muchas de las calles, puentes y callejones de la capital de la Nueva España tomaron sus nombres debido a sucesos ocurridos en las mismas, a los templos o conventos que en ellas se establecieron o por haber vivido y tenido sus casas personajes y caballeros famosos, capitanes y gentes de alcurnia. La calle de La Quemada, que hoy lleva el nombre de 5a. Calle de Jesús María y según nos cuenta esta dramática leyenda, tomó precisamente ese nombre en virtud a lo que ocurrió a mediados del Siglo XVI.
Cuéntase que en esos días regía los destinos de la Nueva España don Luis de Velasco I., (después fue virrey su hijo del mismo nombre, 40 años más tarde), que vino a reemplazar al virrey don Antonio de Mendoza enviado al Perú con el mismo cargo. Por esa misma fecha vivían en una amplia y bien fabricada casona don Gonzalo Espinosa de Guevara con su hija Beatriz, ambos españoles llegados de la Villa de Illescas, trayendo gran fortuna que el caballero hispano acrecentó aquí con negocios, minas y encomiendas. Y dícese en viejas crónicas desleídas por los siglos, que si grande era la riqueza de don Gonzalo, mucho mayor era la hermosura de su hija. Veinte años de edad, cuerpo de graciosas formas, ojos glaucos, rostro hermoso y de una blancura de azucena, enmarcado en abundante y sedosa cabellera bruna que le caía por los hombros y formaba una cascada hasta la espalda de fina curvadura.
Asegurábase en ese entonces que su grandiosa hermosura corría pareja con su alma toda bondad y toda dulzura, pues gustaba de amparar a los enfermos, curar a los apestados y socorrer a los humildes por los cuales llegó a despojarse de sus valiosas joyas en plena calle, para dejarlas en esas manos temblorosas y cloróticas.
Con todas estas cualidades, de belleza, alma generosa y noble cuna a lo cual se sumaba la inmensa fortuna de su padre, lógico es pensar que no le faltaron galanes que comenzaron a requerirla en amores para posteriormente solicitarla como esposa. Muchos caballeros y nobles galanes desfilaron ante la casa de doña Beatríz, sin que esta aceptara a ninguno de ellos, por más que todos ellos eran buenos partidos para efectuar un ventajoso matrimonio.
Por fin llegó aquel caballero a quien el destino le había deparado como esposo, en la persona de don Martín de Scópoli, Marqués de Piamonte y Franteschelo, apuesto caballero italiano que se prendó de inmediato de la hispana y comenzó a amarla no con tiento y discreción, sino con abierta locura.
Y fue tal el enamoramiento del marqués de Piamonte, que plantado en mitad de la calleja en donde estaba la casa de doña Beatriz o cerca del convento de Jesús María, se oponía al paso de cualquier caballero que tratara de transitar cerca de la casa de su amada. Por este motivo no faltaron altivos caballeros que contestaron con hombría la impertinencia del italiano, saliendo a relucir las espadas. Muchas veces bajo la luz de la luna y frente al balcón de doña Beatriz, se cruzaron los aceros del Marqués de Piamonte y los demás enamorados, habiendo resultado vencedor el italiano.
Al amanecer, cuando pasaba la ronda por esa calle, siempre hallaba a un caballero muerto, herido o agonizante a causa de las heridas que produjera la hoja toledana del señor de Piamonte. Así, uno tras otro iban cayendo los posibles esposos de la hermosa dama de la Villa de Illescas.
Doña Beatriz, que amaba ya intensamente a don Martín, por su presencia y galanura, por las frases ardientes de amor que le había dirigido y las esquelas respetuosas que le hizo llegar por manos y conducto de su ama, supo lo de tanta sangre corrida por su culpa y se llenó de pena y de angustia y de dolor por los hombres muertos y por la conducta celosa que observaba el de Piamonte.
Una noche, después de rezar ante la imagen de Santa Lucía, virgen mártir que se sacó los ojos, tomó una terrible decisión tendiente a lograr que don Martín de Scúpoli marqués de Piamonte y Franteschelo dejara de amarla para siempre.
Al día siguiente, después de arreglar ciertos asuntos que no quiso dejar pendientes, como su ayuda a los pobres y medicinas y alimentos que debían entregarse periódicamente a los pobres y conventos, despidió a toda la servidumbre, después de ver que su padre salía con rumbo a la Casa del Factor.
Llevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y le puso fuego. Las brasas pronto reverberaron en la estancia, el calor en el anafre se hizo intenso y entonces, sin dejar de invocar a Santa Lucía y pronunciando entre lloros el nombre de don Martín, se puso de rodillas y clavó con decisión, su hermoso rostro sobre el brasero.
Crepitaron las brasas, un olor a carne quemada se esparció por la alcoba antes olorosa a jazmín y almendras y después de unos minutos, doña Beatriz pegó un grito espantoso y cayó desmayada junto al anafre.
Quiso Dios y la suerte que acertara a pasar por allí el fraile mercedario Fray Marcos de Jesús y Gracia, quien por ser confesor de doña Beatriz entró corriendo a la casona después de escuchar el grito tan agudo y doloroso.
Encontró a doña Beatriz aún en el piso, la levantó con gran cuidado y quiso colocarle hierbas y vinagre sobre el rostro quemado, al mismo tiempo que le preguntaba qué le había ocurrido.
Y doña Beatriz que no mentía y menos a Fray Marcos de Jesús y Gracia que era su confesor, le explicó los motivos que tuvo para llevar al cabo tan horrendo castigo. Terminando por decirle al mercedario que esperaba que ya con el rostro horrible, don Martín el de Piamonte no la celaría, de amarla y los duelos en la calleja terminarían para siempre.
El religioso fue en busca de don Martín y le explicó lo sucedido, esperando también que la reacción del italiano fuera en el sentido en que doña Beatriz había pensado, pero no fue así. El caballero italiano se fue de prisa a la casa de doña Beatriz su amada, a quien halló sentada en un sillón sobre un cojín de terciopelo carmesí, su rostro cubierto con un velo negro que ya estaba manchado de sangre y carne negra.
Con sumo cuidado le descubrió el rostro a su amada y al hacerlo no retrocedió horrorizado, se quedó atónito, apenado, mirando la cara hermosa y blanca de doña Beatriz, horriblemente quemada. Bajo sus antes arqueadas y pobladas cejas, había dos agujeros con los párpados chamuscados, sus mejillas sonrosadas, eran cráteres abiertos por donde escurría sanguaza y los labios antes bellos, carnosos, dignos de un beso apasionado, eran una rendija que formaban una mueca horrible.
Con este sacrificio, doña Beatriz pensó que don Martín iba a rechazarla, a despreciarla como esposa, pero no fue así. El marqués de Piamonte se arrodilló ante ella y le dijo con frases en las que campeaba la ternura:
-Ah, doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza física, sino por vuestras cualidades morales, sóis buena y generosa, sóis noble y vuestra alma es grande...
El llanto cortó estas palabras y ambos lloraron de amor y de ternura.
-En cuanto regrese vuestro padre, os pediré para esposa, si es que vos me amáis. Terminó diciendo el caballero.
La boda de doña Beatriz y el marqués de Piamonte se celebró en el templo de La Profesa y fue el acontecimiento más sensacional de aquellos tiempos. Don Gonzalo de Espinosa y Guevara gastó gran fortuna en los festejos y por su parte el marqués de Piamonte regaló a la novia vestidos, alhajas y mobiliario traídos desde Italia.
Claro está que doña Beatriz al llegar ante el altar se cubría el rostro con un tupido velo blanco, para evitar la insana curiosidad de la gente y cada vez que salía a la calle, sola al cercano templo a escuchar misa o acompañada del esposo, lo hacía con el rostro cubierto por un velo negro.
A partir de entonces, la calle se llamó Calle de la Quemada, en memoria de este acontecimiento que ya en cuento o en leyenda, han repetido varios autores, siendo estos datos los auténticos y que obran en polvosos documentos.

Leyenda de la Virgen de la Soledad (Córdoba)

Uno de los emblemas de la fe católica en nuestra ciudad es la Virgen de la Soledad, en torno a nuestra virgen se narra una leyenda que muchos afirman es cierta.

Cuenta la leyenda, que a principios del siglo pasado, el sacerdote de la parroquia, solicitó los servicios de algún artista que tallara las imágenes de San Antonio de Padua, de San José y de la Virgen de la Soledad.

Dos Jóvenes, que decían ser provenientes de la antigua Guatemala, se presentaron ante el cura y se comprometieron a realizar el trabajo en breve tiempo, poniendo como condición que no se les interrumpiera mientras realizaban su labor y que los alimentos les fueran dejados fuera del cuarto de la casa parroquial que se les acondicionó como taller.

Después de recibir un adelanto a cuenta de sus honorarios y el material necesario para realizar lo encomendado, se encerraron en el improvisado lugar.

Al cuarto día, la anciana encargada de llevarles la comida llamó con insistencia, ya que se encontraba por demás intrigada al no escuchar ningún ruido en el interior, alarmada por no recibir contestación, comunicó al cura lo que sucedía, éste después de confirmar lo dicho por la mujer, ayudado por varias personas, forzó la puerta que se encontraba fuertemente asegurada por dentro, y al lograr su objetivo, se sorprendieron grandemente al no encontrar a nadie dentro de la habitación, hallaron en cambio, intacta sobre la mesa, la comida que les habían proporcionado, junto con los 70 reales dados como adelanto, así como en una esquina, las imágenes completamente terminadas de San Antonio y San José y en el centro, la impresionantemente hermosa imagen de la Virgen de la Soledad, cuyo rostro, transido de dolor y sus manos angustiosamente entrelazadas, serían consideradas como una verdadera obra de arte, y objeto de la veneración del pueblo cordobés.

Las atribuciones que los creyentes de la fe católica le han otorgado, no se limitan a su místico origen, sino que se le ha considerado protectora de la ciudad, ya que los relatos que han circulado de padres a hijos a través del tiempo, cuentan que han sido varias las ocasiones en que la Virgen ha abandonado su pedestal, para evitar que alguna desgracia cayera sobre su pueblo, como sucedió en los tiempos en que se libraban las batallas por la independencia del país. Se dice que estando Córdoba sitiada por las fuerzas realistas del general Hevia, la Dolorosa se presentó ante el encargado de cuidar las municiones, que adormecido por los humos del licor ingerido, había dejado sobre un barril de pólvora, un cabo de vela encendido. Prevenido por la celestial aparición, éste despertó a tiempo de apagarlo, evitando así, una conflagración que seguramente habría acabado con la ciudad.

En otra ocasión la alarma cundió entre la población, al darse a conocer la noticia de que el ciclón Flora, habiendo devastado el norte del estado, se dirigía hacia este lugar, por lo que se tomaron las precauciones debidas, ya que se consideraba eminente su llegada, no obstante, éstas resultaron innecesarias, ya que el citado ciclón se desvió sin hacer daño a Córdoba, aunque su cola sí causó estragos en las poblaciones aledañas.

En las horas de mayor pánico, hubo quien aseguró haber visto, en los límites de la ciudad, a una hermosa mujer, quien tocada con obscuro y largo manto se negó a buscar refugio alegando que debía cuidar de sus hijos.

Lo asombroso de tal relato, se agrega, es que al día siguiente de ocurridos los hechos se encontraron manchas de barro en el manto de la Virgen.